Cuando Libia Vásquez Quesada cerró su etapa laboral en el Comando Aéreo de Combate No.1, CACOM 1, lo hizo con la tranquilidad de quien sabe que cumplió su misión. Durante 31 años trabajó como parte del personal civil de la Fuerza Aeroespacial Colombiana en el área de servicios generales, labor silenciosa pero fundamental de una Institución que se sostiene en el compromiso diario de cada uno de sus integrantes. No hubo grandes ceremonias al despedirse, pero sí la satisfacción de haber aportado, con constancia y disciplina a una causa mayor. Esa dedicación no se quedó únicamente en la vida laboral, se reflejó en su familia. A través del ejemplo formó a sus hijos y nietos, quienes crecieron escuchando historias de la Fuerza, comprendiendo desde casa qué significa pertenecer a ella.
Hoy, ese legado encuentra continuidad en uno de sus nietos, el Subteniente Betancur. Nacido en La Dorada, Caldas, desde niño la aviación hizo parte de su cotidianidad. En más de una ocasión acompañó a su abuela a las unidades aéreas y aquellos momentos aún permanecen vivos en su memoria. Con voz serena, rememora aquella época donde la curiosidad se convertía en vocación: «Recuerdo que era impresionante para mí ver los aviones despegar y aterrizar. Esas experiencias me marcaron mucho y despertaron el
deseo de algún día hacer parte la Institución».
Ese niño que observaba los hangares con asombro se desempeña actualmente como navegante del avión AC-47T Fantasma, aeronave emblemática dentro de las capacidades operacionales de la Fuerza Aeroespacial Colombiana. Se graduó en 2025 de la Escuela Militar de Aviación, integrando el Curso 98. «Ha sido un orgullo muy grande poder ser parte de la Fuerza Aeroespacial Colombiana y desempeñarme como navegante en una aeronave con tanta historia y capacidad operativa dentro de la Institución», afirma, consciente de la responsabilidad que implica portar el uniforme.
Su callsing, ‛Beto’, también habla de sus raíces familiares. Surge,en parte, de su apellido Betancur, pero tiene un significado más
profundo que lo conecta con su historia personal. «Mi abuelo siempre ha sido conocido como ‛Beto’ dentro de la familia. Desde pequeño crecí escuchando ese apodo, así que cuando llegó el momento de elegir un callsing sentí que era una forma bonita de mantener esa conexión familiar y llevar conmigo algo que representa mis raíces». Para él, ese nombre significa más que una identificación dentro de la tripulación, es un recordatorio permanente de la familia que lo acompañó en el camino.
El proceso para llegar a la Escuela Militar de Aviación no fue sencillo. Durante mucho tiempo el sueño de ingresar a la FAC parecía distante. Se trataba de un proceso exigente que requería preparación académica, determinación y fortaleza personal. «Sabía que era un proceso que requería mucho esfuerzo. Lo más complicado fue dar el primer paso y presentarme». Finalmente, pudo iniciar su formación gracias al apoyo del ICETEX y a las condiciones de Matrícula Cero, oportunidades que le permitieron comenzar el camino hacia su objetivo.
A partir de ese momento todo dependía de su disciplina y compromiso, «siempre pensaba que, si Dios me daba la oportunidad de entrar, el resto dependería de mi esfuerzo y de lo que fuera capaz de lograr dentro de la Escuela», explica. Las jornadas dentro de la escuela militar pronto confirmaron la magnitud del reto: días que comenzaban antes del amanecer, entrenamiento físico constante, exigencias académicas y un régimen militar que no dejaba espacio para la improvisación. No se trataba únicamente de aprender sobre aviación, sino de formar carácter y fortalecer valores que acompañarán a los oficiales durante toda su carrera.
«Es un lugar donde uno aprende disciplina, trabajo en equipo y resiliencia», señala. «Hay días muy duros, donde el cansancio físico y mental se siente bastante, también son momentos que forjan el carácter y enseñan a no rendirse». En medio de esa exigencia se construye algo más profundo que la preparación técnica; las instrucciones, ejercicios y retos hacen parte de un proceso que busca formar Oficiales capaces de asumir responsabilidades reales y confiar plenamente en su equipo. «Cada experiencia termina formando no sólo a un profesional, sino a una persona con vocación de servicio para el país».
Aunque todavía se encuentra en las primeras etapas de su carrera, recuerda con especial emoción su primer vuelo operativo, un momento que resume años de entrenamiento y esfuerzo. «En ese momento uno entiende realmente lo que significa todo el proceso vivido en la Escuela. Cada entrenamiento cobra sentido». La mezcla de responsabilidad, expectativa y concentración le permitió comprender que detrás de cada misión hay una historia de preparación colectiva.
A pesar de la exigencia de la vida militar, mantiene siempre presente la figura de su abuela. Cuando habla de ella, su tono cambia, ahora es de admiración y gratitud. «Mi abuela ha sido una de las personas más importantes en mi vida. Es una mujer luchadora, muy trabajadora y con una vocación de servicio enorme», dice. Más allá de las funciones que desempeñó en la Institución, lo que dejó huella en él fue su ejemplo cotidiano. «Ella me enseñó la disciplina, el compromiso y el amor por servir. Eso fue lo que realmente me motivó a seguir este camino».
Para Libia Vásquez Quesada, verlo portar el uniforme representa algo profundamente significativo. Durante tres décadas observó el trabajo de pilotos y técnicos que cumplían su misión en la FAC. Hoy, uno de ellos lleva su apellido. Para su nieto, el sentimiento es igualmente especial. «Mi abuela conoció a muchos militares durante su tiempo en la Institución. Ver a su propio nieto formando parte de ella es algo muy significativo. Sentir que continúo ese legado familiar es uno de los logros más importantes de mi vida».
En esta familia no se impuso una tradición, ni se trazó un camino obligatorio, lo que hubo fue ejemplo, admiración y la posibilidad de crecer viendo de cerca lo que significa servir al país desde una institución militar. A veces las historias familiares se construyen de manera silenciosa, en pequeños momentos que con el tiempo adquieren un significado profundo: una visita a una unidad aérea, la emoción de un niño al observar despegar un avión o el orgullo de una abuela que reconoce en su nieto los valores que siempre defendió.
Hoy esa historia continúa escribiéndose. Por años una generación aportó desde el trabajo civil dentro de la Institución; otra comienza a hacerlo desde el aire, participando en las misiones que fortalecen la seguridad y defensa del país. Porque, al final, la Fuerza Aeroespacial Colombiana no se sostiene únicamente en aeronaves o tecnología, también en las personas que deciden portar, asumir el uniforme con responsabilidad y vocación.
Por: Teniente Sammy C. Ibañez





