ROMA, LA INAGOTABLE, LA INMORTAL

“Este es el único sitio del mundo donde yo pudiera ser feliz” escribió Goethe al regresar de su “Viaje a Italia”. Después de admirar Venecia, Toscana y las hermosas ciudades de Florencia y Pisa, el escritor se extasió ante la infinitamente bella Roma. Durante dos meses recorrí incansablemente todos los rincones de la Ciudad Eterna, admirando sus “chiesas” (más de 900 iglesias y basílicas), sus museos que son más de 150, sus 13 obeliscos y sus 60 catacumbas. Era verano, el calor y el sudor no me importaban. A mi lado pasaban riadas de bullosos turistas saboreando “gelatos” y refrescándose con coloridos abanicos. Yo sé que ellos iban solo tras la Fontana de Trevi, el Colosseo, la basílica de San Pedro, quizás los museos vaticanos, de pronto alguna escultura de Miguel Ángel, los buenos restaurantes y las tiendas de suvenires. Las masas de turistas son así.

Yo quería recorrer esta ciudad como un poseído, buceando en su rica y tormentosa historia hecha de césares, emperadores, reyes y pontífices, de glorias, de tragedias, de batallas, de arte, de espiritualidad. Yo iba tras los artistas que arrancaron al mármol las más bellas esculturas de la humanidad. En la basílica de San Pedro me postré reverente ante La Pietá y en San Pietro in Víncolis me detuve media hora ante el Moisés de Miguel Ángel y entendí por qué cuando el artista terminó su obra le dio un golpe en la rodilla y le dijo: ”Habla”. Fui hasta la Galería Borghese a sentir la tremenda fuerza de las esculturas de Bernini: el David, el Rapto de Proserpina, Apolo y Dafne, y Eneas cargando Anquises huyendo de la incendiada Troya.  En los kilométricos corredores de los Museos Vaticanos me deleité con La Venus de Cnido, el Hermafrodita, el Apolo del Belvederes, el impresionante grupo de Laocoonte y el bello rostro de Antinoo, el niño que Adriano amaba.

De mis estudios de arte recordaba la importancia del Torso de Apolonio, en el cual aprendieron anatomía Miguel Ángel y Rafael. “Soy discípulo del torso de Apolonio” decía el Buonarroti. Allí en el Museo Vaticano conocí la escultura del famoso torso.

En Roma en cada esquina hay una iglesia y un museo. Alcancé a visitar unas 50 iglesias empezando por las cuatro grandes basílicas: San Pedro, Santa María la Mayor, San Juan de Letrán y San Pablo Extramuros. Todas son bellísimas y guardan tesoros invaluables. A la ”Chiesa di Gesu” de los jesuitas, que representa la gloria de Cristo frente al luteranismo, no le cabe “un pegote más de oro”. La visité emocionado varias veces en mi camino diario por la gran avenida que lleva del Colosseo pasando por el inmenso y fastuoso monumento a Vittorio Emanuelle y llega a la Basílica de San Pedro, donde me quedaba alelado viendo el Baldaquino de Bernini, que une la escultura con la arquitectura y es obra cumbre del arte universal. Muchas iglesias dicen tener reliquias, algunas dudosas como la pretendida cabeza de San Juan Bautista.

Creo que visité todas las fuentes principales de Roma empezando por la icónica Fontana de Trevi y siguiendo con las de Bernini. Una de ellas está en la Plaza Navona y se la conoce como la fuente de los Cuatro Ríos, uno por cada continente: Nilo, Danubio. Ganges y Río de la Plata. La otra fuente de Bernini es la Tritoni en la Piazza Barberini. Los Foros Imperiales ocupan el centro de la ciudad antigua. Los recorrí varias veces y creo que fotografié todos sus detalles. Cada emperador quiso tener su foro. Quedan en pie cuatro: los de César, Nerva, Augusto y Trajano.

Al fondo de los foros se encuentra la Cárcel Mamertina donde estuvieron presos San Pedro y San Pablo, también Vercingetorix, el caudillo galo. La tradición cuenta que San Pedro hizo brotar una fuente dentro de la prisión para bautizar a sus carceleros. Es la cárcel más antigua de Roma.

Estudioso como he sido de las dos Guerra Mundiales me interesaba visitar las Fosas Ardeatinas, minas abandonadas donde fueron asesinados de un tiro en la nuca 335 ciudadanos italianos en represalia por la muerte de 28 policías alemanes. El propio Hitler dio la orden de efectuar la masacre. Cada uno de los sacrificados tiene un pequeño mausoleo. 

El Colosseo, Ostia Antica, el Panteón, el Palatino, el Castillo de Santángelo, el Trastévere… toda Roma me vio visitar respetuoso y emocionado las maravillas de esta ciudad, inagotable, tesoro del arte, de la espiritualidad y de la historia. Roma, la Inmortal.

 

Texto y fotos de:

Andrés Hurtado García

Doctor en literatura, ecologista y fotógrafo de la naturaleza.

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